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Se fue, pero se quedó con nosotros

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DIARIO VIRAL

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Este domingo celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor, el día en que Jesucristo resucitado, después de haberse aparecido durante cuarenta días a sus discípulos, ante la vista de ellos fue llevado al cielo (Mc 16,19; Lc 24,50; Hch 1,9). La elevación del señor hasta “la derecha de Dios” marca un hito fundamental en la obra de nuestra salvación: el hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, que verdaderamente se hizo hombre en el seno de la Virgen María, retorna hoy al cielo; y no lo hace sólo en su condición divina, sino que retorna con nuestra naturaleza humana. 

De esta manera, en Jesucristo queda inaugurada la inmortalidad de la carne y revelado el sentido último del diseño de Dios para los hombres: que, en cuerpo y alma, vivamos en el Cielo por toda la eternidad. 

Como dijo san León Magno refiriéndose a este acontecimiento: «no solamente se proclama la inmortalidad del alma, sino también la de la carne…no solamente se nos confirma como poseedores del paraíso, sino que también penetramos en Cristo en las alturas del cielo» (De Ascensione Domini, Tractatus 73,2.4).

Ahora bien, el “Cielo” no es un lugar lejano ubicado más arriba que las estrellas y el firmamento; el cielo es el mismo Dios. Como dijo el papa Benedicto XVI: «En Cristo elevado al Cielo, el ser humano ha entrado de modo inaudito y nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios…El estar el hombre en Dios es el Cielo» (Homilía, 24.V.2009). 

En la ascensión de Jesús de Nazaret, entonces, nuestra humanidad es elevada hasta la altura de Dios, el hombre es llevado a vivir en Dios. Así, la fiesta que hoy celebramos nos recuerda que, si bien estamos de paso en este mundo, nuestro destino no es desintegrarnos en un ataúd y dejar de vivir para siempre, sino, por el contrario, que Dios nos ha creado para que vivamos eternamente con Él, en el seno de la Trinidad, es decir, tan íntimamente unidos a Él que, así como la segunda persona de la Trinidad asumió nuestra naturaleza humana, también nosotros participemos por toda la eternidad de la naturaleza divina. ¡Gran misterio del amor de Dios para con nosotros!

Esto explica por qué, a diferencia de la tristeza que invadió a los apóstoles cuando Jesús, en la Última Cena, les anunció que pronto los dejaría (Jn 16,6), después de verlo subir al Cielo «volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (Lc 24,52-53). Comprendieron que, pese a que no volverían a ver físicamente a Jesús en este mundo, Él seguiría unido a ellos aunque de un modo distinto. Fue la experiencia de los apóstoles y es la experiencia de la Iglesia de todos los tiempos, como nos lo anticipó Jesús cuando dijo: «sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Los cristianos, ya desde este mundo, participamos de la naturaleza divina (2Pe 1,4), somos miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (1 Cor 6,15-19; 12,27), y a través del sacramento de la Eucaristía constatamos la verdad de las palabras del Señor: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida; el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él» (Jn 6,55-56).

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Periodista en Diario Viral. Comprometidos con la verdad y la información de Arequipa.

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